En la sierra norte del Perú, las comunidades campesinas del Valle de Tambillos se aferran al espíritu colectivo para conservar el Camino Inca. Aunque en los últimos años, las amenazas climáticas y las exigencias contemporáneas remecen las tradiciones.
Epifanía Ocaña camina ligera. Lleva una bolsa con algunas papas y ollucos que apenas pudo sacar en sus terrenos para el almuerzo. Un par de décadas atrás, por estos días (fines de junio) hubiera necesitado ayuda para transportar las cosechas. Por los tonos verdosos proyecta que recién en agosto estarán listos el maíz y la cebada. "Antes, en abril dejaba de llover, ahora llueve hasta junio. Los tiempos de cosecha se corrieron", cuenta.
Los cambios en el clima están afectando los ciclos agrícolas y, al mismo tiempo, ponen en riesgo a los símbolos patrimoniales que (todavía) dan sentido a la vida comunitaria en los Andes peruanos. Mientras tanto, en las bases científicas, los meteorólogos reciben datos que remarcan estas alteraciones.
Epifanía camina con cuidado. Aún quedan charcos de una lluvia reciente en el sendero que la lleva a casa. Atraviesa el caserío de Soledad de Tambo por el Inca Naani, como se conoce en el departamento de Áncash a la legendaria vía prehispánica que conectaba los pueblos del incanato.
A pesar de las partes húmedas, es posible transitar. El suelo empedrado, acondicionado por los pobladores y técnicos del Programa Qhapaq Ñan (del Ministerio de Cultura) la década pasada, resiste los embates climatológicos. También lo hacen las pircas (muros de piedras) que bordean los tres kilómetros de camino restaurados.
El escenario es distinto en la entrada al pueblo. Ahí desaparecen los muros, el suelo ya no es afirmado ni hay demarcaciones. Y así, como cualquier sendero de herradura, el Camino Inca continúa hasta el Centro Poblado de Castillo, unos diez kilómetros en descenso.
Las tormentas dejan intransitables muchos tramos de la vía. No sólo el agua inunda la calzada, muchas veces rocas y malezas caen desde las pendientes. Más que la frecuencia, Epifanía dice que cambió la intensidad de las precipitaciones. “Cuando era niña llovía todo un día, pero era leve. Ahora en veinte minutos llueve fuerte todo junto”, sostiene.
En los laboratorios del Instituto Geofísico del Perú, la meteoróloga Yamina Silva observa lo mismo. Al revisar las estadísticas de las últimas dos décadas encuentra que el inicio de la temporada pluvial se ha retrasado un par de meses en la sierra peruana. Y cuando las lluvias aparecen lo hacen con tanta fuerza que ocasiona destrozos.
“Si no tenemos lluvias de baja intensidad en septiembre y octubre, para diciembre los suelos llegan secos y no están permeables para recibir una mayor cantidad de agua. Entonces, se producen los huaicos”, precisa.
El desprendimiento de piedras, lodo y escombros tras una lluvia torrencial se conoce como huaico en el Perú. En los Andes han dejado de ser eventos, para convertirse en amenazas regulares para las poblaciones. Durante el primer semestre de 2025, en Áncash se reportaron 81 de estos fenómenos según el Centro de Operaciones de Emergencia local.
A su paso, los huaicos afectan los cultivos, ganados, viviendas y también los caminos. Los pobladores refieren que, más de una vez, han quedado atrapados por estas causas.
En el Valle de Tambillos, aún varias comunidades asociadas al Qhapaq Ñan continúan realizando faenas comunitarias para el mantenimiento y limpieza de caminos. Esta práctica ancestral es conocida como el Naani Aruy en la zona.
Foto: Jair Guillén
Un ritual en peligro de extinción
Durante el Tahuantinsuyo, la época de expansión del imperio incaico, los chasquis eran los corredores jóvenes que transportaban los quipus (objetos de cuerdas con nudos que almacenaban información). Lo hacían por el sistema de caminos esparcido por todo el dominio inca.
La estatua de uno de estos mensajeros ancestrales custodia la plaza de Castillo, un centro poblado de la sierra ancashina con 300 habitantes. A tres cuadras de ahí pasa el Inca Naani. Por dónde -quinientos años atrás- los chasquis llevaban mensajes, actualmente los pobladores caminan hacia sus terrenos, cargan cosechas y movilizan sus burros, ovejas y vacas.
Desde las partes altas del centro poblado se puede ver que el camino es el hilo conductor entre los distintos pisos ecológicos del Valle de Tambillos (emplazado entre los 2300 y 4600 msnm). Como si fuera una cicatriz que atraviesa decenas de parcelas productivas. Ricardo Chirinos, arqueólogo supervisor de las áreas inscritas en la Lista de Patrimonio Mundial del Qhapaq Ñan, refiere que esta zona tiene al menos 2000 años de desarrollo agrícola. Mucho antes que los Incas, estaban los Pincos.
“Los caminos sirven”, dice Dante Solís, presidente comunal de Castillo, un cargo que en el mundo rural sucede a los antiguos varayocs. Lleva siempre un sombrero de ala ancha. “El sol está cada vez más fuerte”, acota. Entre otras funciones, Dante es el encargado de convocar al Naani Aruy, la faena comunal para la limpieza y mantenimiento de los senderos.
En las faenas de limpieza y mantenimiento del Qhapaq Ñan participan también mujeres y adultos mayores. En 2023, el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (Icomos) de UNESCO, destacó al Naani Aruy como un ejemplo de adaptación al cambio climático nacido a partir de una tradición ancestral.
Foto: Jair Guillén
Estos trabajos solían realizarse dos veces al año en torno a la temporada de lluvias. Por las alteraciones climáticas, en los últimos tiempos la periodicidad varió. Este año, poco después del solsticio de invierno, Dante citó a la comunidad porque había tramos obstaculizados por piedras y plantas que habían dejado los vientos huracanados.
Con picos y palas los hombres remueven la tierra y piedras del sendero. A su vez acomodan las pircas caídas. Las mujeres y niños con machetes y hoces cortan los arbustos y arrancan las malezas que tapan drenajes. Todo esto ocurre durante cinco horas. Nadie recibirá una contraprestación económica a cambio, pero no hay quejas. En la cultura andina trabajar por el bien colectivo forma parte de la vida en comunidad.
Un letrero despintado por el tiempo, sobre la vera del sendero, recuerda la grandeza del lugar. “Inca Naani, Patrimonio Mundial de la Humanidad”, logra leerse adivinando algunas de las letras borroneadas.
Este segmento forma parte de los 250 kilómetros del sistema vial andino en territorio peruano incluidos en la declaración patrimonial de UNESCO. “Nos sentimos orgullosos por este legado, no por todos los pueblos pasa un Camino Inca”, dice Dante.
En las faenas comunitarias de mantenimiento de los caminos, los varones son los encargados de remover los suelos con picos y palas.
Foto: Jair Guillén
Esa satisfacción, se mezcla con golpes de cotidianidad. Después de la faena, sentado al pie de una vivienda, Dante chaccha (mastica) algunas hojas de coca que se pasan entre los vecinos. Mira el sendero ahora limpio, pero sabe que resultaría insuficiente ante un temporal.
Cada vez que ocurren, el agua cubre la calzada y, como no hay por dónde desaguar, se cuela a las casas contiguas. En pocos minutos se inundan los primeros pisos. Las familias pasan varios días sacando el agua.
Estas situaciones son cada vez más frecuentes, refieren los mayores. Lo expresan con la misma preocupación con que la meteoróloga Yamina Silva mira los gráficos estadísticos. Según los datos de la estación científica de Recuay, en la zona actualmente cae un 30% más de agua, en tiempos cortos, que en los años 60.
Los vecinos de Castillo solicitaron a las autoridades provinciales la instalación de canaletas para evitar que el agua se acumule, pero chocaron ante la protección patrimonial. Cualquier iniciativa para intervenir estos bienes debe regirse por la Ley 28296, que le otorga al Ministerio de Cultura la última palabra. “El Estado no nos autoriza, nos han dicho que el Qhapaq Ñan es intocable”, expresan los vecinos.
Descolmatar los canales de agua que bordean el camino es necesario para prevenir inundaciones ante lluvias intensas.
Foto: Jair Guillén
Tradición y (o) supervivencia
“El cambio climático es todavía una amenaza potencial para la conservación del camino”, sostiene Víctor Curay, coordinador del programa Qhapaq Ñan Sede Nacional.
Aunque su frase parece poner paños fríos a la problemática, en cada visita a los seis tramos declarados por UNESCO, los técnicos del programa encuentran nuevas afectaciones. En el último reporte (2023-2024) presentado por el Estado peruano al ente supranacional, se menciona que la caída de agua afecta al 87% del tramo Huánuco Pampa – Huamachuco (que incluye al Valle del Tambillos). La segunda variable más detectada fue el desprendimiento de rocas, que daña al 68% del camino de esta zona.
Conforme avanza la conversación, Curay reconoce que el escenario es desafiante para el centenar de profesionales que trabaja en el Qhapaq Ñan. “En este último tiempo todos los años tenemos emergencias por lluvias. Algo está cambiando y merece una intervención”, admite.
Desde muchas partes de la ruta llegan a las oficinas del programa solicitudes para intervenir el camino. Principalmente son pedidos para realizar obras de saneamiento. Curay indica que cada caso lo evalúan con detenimiento. “No es que el patrimonio no se toque. Se puede tocar, pero bajo ciertas condiciones dado su complejidad y valor”, acota.
Este ancestral sistema de caminos se ha visto afectado en los últimos dos siglos por la construcción de carreteras, sean de trocha o asfalto. Estas obras han producido cortes o superposiciones en los caminos.
Foto: Jair Guillén
La presión por dar soluciones a las urgencias climáticas choca con limitaciones económicas. Desde el Programa refieren que a partir de la pandemia el trabajo de campo tuvo una merma. En el último reporte enviado a la UNESCO explicitan esta situación. “Por recientes recortes presupuestarios, no se ha podido realizar todas las acciones de monitoreo y conservación planificadas”, publicaron.
El antropólogo Clark Asto recorrió varios tramos del Qhapaq Ñan, tanto como consultor estatal o investigador externo. En sus viajes notó que ya no se realizan faenas comunales de mantenimiento en gran parte de la red. “Las necesidades de la vida contemporánea hacen que mucha gente deje los caminos”, anota.
La premura por traslados rápidos para comercializar productos, recibir atenciones médicas o gestionar trámites, hizo que se priorice la construcción de carreteras, incluso a costa de las vías milenarias. “La gente vive según sus necesidades. En lugares donde el Camino Inca les resulta funcional lo mantendrán, pero donde necesiten asfalto, quizás no”, comenta Asto.
En el mismo Valle de Tambillos hay segmentos en desuso. Una carretera de trocha une a las comunidades de Castillo con el cruce Pomachaca, a la vera del río Puchka. Es la única vía vehicular que tienen los pobladores para acceder a Huari, la capital provincial. En su despliegue sinuoso, la carretera corta varias veces el trazado del camino real.
Varias comunidades del Valle de Tambillos siguen usando el Inka Naani para trasladarse hacia sus parcelas agrícolas. Foto: Jair Guillén
Para llegar a Pomachaca, los pobladores de Castillo optan por autos colectivos que les cobran cinco soles (un dólar y medio), en lugar de caminar dos horas por un accidentado sendero con escasa señalización. “Para ir a nuestros caseríos andamos el camino, pero más allá no. Ya nadie camina por ahí”, dice Epifanía.
El nivel de abandono se torna evidente en la parte baja de la ruta, donde las aguas del Puchka en temporada de lluvias suelen desbordarse. Muy próximos al cruce Pomachaca, grandes masas de rocas y escombros depositadas por el furioso río, cubren la traza antigua de la red. El Inca Naani ahí es un recuerdo en los ojos de los mayores.
Pese al paso del tiempo, Efraín Espinoza, alcalde de Castillo, espera que con el Ministerio se retomen en algún momento los trabajos de restauración. “La idea era que todo el camino tenga el empedrado como Soledad de Tambo”, dice.
Mientras aguardan la determinación estatal, los pobladores de Castillo ven cómo cada temporada pluvial le va comiendo metros al camino; cómo las faenas van quedando cortas ante los embates del clima, y cómo se alteran los ritmos de la vida agrícola.
Por unos minutos, Efraín pospone esos aspectos, abandona el rol de custodio y espera que, con la obra revestida, más turistas lleguen a esta ruta milenaria. Se podría impulsar una campaña promoviendo su historia, o quizás, simplemente, presentarlo como un territorio propicio para aventureros en busca de una revelación.

